Taraxacum officinale
Hoy quiero hablar de un debate que, aunque no explícitamente, lleva mucho tiempo presente en el sistema educativo: ¿instruimos o formamos? Para ello, voy a tomar el diente de león como ejemplo. Esta flor posee una característica fascinante: cuando termina su ciclo de maduración se convierte en una esfera de vilanos, que son esas pequeñas flores con apariencia de algodón que todos hemos soplado alguna vez. Estos vilanos, son en realidad pequeñas semillas que cuando el viento sopla se separan de su tallo y se dispersan por ahí. Tras ello, cada uno inicia su propio ciclo de crecimiento individualmente.
Desde siempre se dice que la escuela educa pero, ¿realmente lo hace…? ¿...o solo persigue la mera instrucción de los individuos? Pues bien, si queremos responder a esto, tenemos que conocer antes la diferencia entre Bildung (o formación) e instrucción. Bildung se define generalmente como formar a alguien con respecto a su esencia (Doerr-Zegers, 2022), es decir, consiste en formar integralmente al ser humano, en vez de limitarnos únicamente a la transmisión de conocimientos como en el caso de la instrucción. Según la perspectiva del Bildung, el docente debe ayudar al individuo a que desarrolle sus capacidades naturales, para que se aproxime a lo que está llamado a ser según su esencia. En la sociedad postmoderna, la instrucción ha prevalecido sobre la formación, pues, a pesar de que hay una gran difusión de conocimientos, esta es insuficiente porque se limita meramente a eso; no contempla el desarrollo de la interioridad de los sujetos.
Asimismo, la educación ha sido mercantilizada debido al hecho de que el mercado regule las universidades, ya que ha modificado el propósito de estas instituciones: ya no se persigue formar personas críticas y libres, sino profesionales capaces de contribuir al sistema económico. Dado que esta situación empobrece la educación y debilita la sociedad, propongo recuperar el concepto de Bildung, es decir, educar para ser y no solamente para saber o realizar.
Todo esto me lleva a pensar, ¿como maestros, qué podemos hacer para poner por delante de los contenidos académicos la formación ética y del carácter de los alumnos? O, dicho de otra manera, ¿cómo podemos pasar de “enseñar para aprobar” a “formar para vivir”?
La solución implica replantearnos nuestro papel como educadores. Si consideramos la formación desde el punto de vista de la Bildung, el aula es un lugar de crecimiento individual; por tanto, en este caso educar consistiría en guiar a los alumnos en su proceso de autodesarrollo y su proceso de aprendizaje estaría enfocado en que adquieran la capacidad de pensar. Cabe destacar la importancia de los conocimientos previos (aquellos saberes que los niños obtienen en el ámbito escolar) y de los fondos de conocimiento (todas las experiencias, valores, habilidades y saberes culturales que los estudiantes han obtenido a partir de su experiencia cotidiana). No basta con lo académico si aspiramos a formar al ser humano de manera integral; es necesario también que se reconozcan esos fondos de conocimiento que forman parte de la identidad de cada alumno.
Una verdadera formación (o Bildung) incluye también la preparación para vivir en sociedad; es decir, tenemos que educar a nuestros alumnos para que sean capaces de dialogar, colaborar y comprender al otro en una sociedad que valora la competencia y la productividad. En definitiva, fomentar la humanidad en cada persona. Para ello es importante que haya una buena relación entre maestro y discípulo: una relación basada en la confianza, el respeto, el diálogo…, una relación profundamente humana. Como los niños aprenden por imitación, el docente funciona como ejemplo de vida y pensamiento.
De alguna manera, el objetivo último del maestro es desaparecer; un buen maestro es aquel que consigue que su discípulo ya no le necesite.
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